Cada mañana se asoma uno al correo.
Le gustaría que fuera como en el siglo pasado, cuando el recibir una carta era una novedad que hacía que toda la familia se sentara junto a la chimenea para degustar cada palabra, cada frase, con el cuidado necesario.
Porque antes, en las cartas, se iba a lo importante, a la esencia de lo que se quería decir.
Hay un sinfín de libros que recogen correspondencias. Las cartas íntimas, cordiales, educadas o cargadas de odio, que tantos y tantos personajes conocidos y no tan conocidos, se intercambiaron.
La correspondencia amorosa es quizá una de las más atractivas. Ese esperar que un corazón, que vaga en un sobre cerrado, rumbo a su destino, ya sea por avión, por tren o en el Pony Express, llegue finalmente a su destino, tiene un lado romántico inigualable.
Hoy todo es más rápido, más veloz. Un mail, un SMS con estúpidas abreviaturas, le roba el encanto a las palabras.
El corazón no puede tener prisa, se acelera en el sentido contrario a las agujas del amor, se estropea ese débil engranaje de los sentimientos.
Las cartas de antes tenían, además, ese encanto de la espera. Un sufrimiento para el enamorado, por supuesto, pero qué alegría mayor que recibir, por fin, después de un largo tiempo, un sobre con el remite deseado.
Un remite del que conoces hasta el más pequeño detalle de su caligrafía. Un sobre que tocas sin abrirlo para intentar adivinar cuántas hojas contendrá, deseando que sean muchas para que el texto sea un largo placer.
Después la contestación, atendiendo a cada pregunta, al gesto adivinado en su lectura, mientras la pluma va dibujando cada letra intentando transmitir la intensidad de las sensaciones.
Luego, mirar desde la ventana como parte un sobre de papel, tan liviano que podría perderse con cualquier golpe de viento en otra dirección. Y otra vez la inquietud, la espera.
Hoy basta un mail de cuatro palabras cargado de puntos suspensivos para hacerse eco de nuestra existencia.
Pero dónde quedan entonces los sueños escritos, ésos en los que se esconde la evocación de dos cuerpos o la nostalgia de unos besos.
Las cartas son una manera de soñar, porque con los sueños sobrevivimos. Son el antídoto contra la soledad.
viernes 16 de mayo de 2008
Cartas
jueves 15 de mayo de 2008
Oxígeno
Nunca había estado en el Liceo. Desde luego merece la pena, aunque sólo sea por ir de visita. Esta vez, además, era un acontecimiento para el mundo de la música electrónica con mayúsculas: Jean Michel Jarre, presentaba su disco Oxigene en directo. Sin trucos. Sintetizadores analógicos y músicos tocando de verdad.
Me acordé mucho de M., que es el que de verdad hubiera disfrutado del evento como se merece. Gran conocedor de la obra del inquietantemente juvenil músico francés, que salió en medio del patio de butacas, micrófono en mano, haciendo una introducción hablada de lo que íbamos a presenciar, hubiera, como digo, apreciado en su justa medida la importancia del evento.
Uno, que tiene muchos discos de Jarre y conoce su obra, sin llegar a ser un admirador acérrimo, reconoció el riesgo de presentarse así, sin más artilugios que los mismos sintetizadores artesanales que utilizó en la grabación del Oxigene original. Unos sintetizadores que, según confesión del propio músico, daban la lata estropeándose de vez en cuando.
Pero no, esta vez no se estropeó nada. El concierto se alargó durante dos horas y Jarre estaba pletórico, disfrutando realmente y animando al público en los pasajes más rítmicos.
La noche se hizo corta, la verdad. Era una cosa anómala, ya que Jean Michel Jarre no es precisamente muy prolífico en cuanto a actuaciones en directo y, cualquiera que tenga cierta inquietud musical, hubiera disfrutado de lo que vimos. Eso sí, como norma que parece haberse impuesto desde hace algún tiempo, desmesurado precio de las entradas y del merchandising.
miércoles 14 de mayo de 2008
Esférico
Yo sé que debo vivir en otro mundo. Ayer, cuando volvía a casa, me extrañaba mucho que no hubiera gente por la calle. No entendía el motivo hasta que vi a una multitud apretujándose en un bar. Estaban hipnotizados delante de una televisión que emitía una luz verdosa que les iluminaba la cara.
Era, claro, un día de fútbol.
Al parecer un trofeo importante.
Fue una noche tranquila, porque el equipo local perdió estrepitosamente y a nadie se le ocurrió tirar un petardo.
Parece ser que, además, ya llevaban una muy mala racha toda la temporada, con lo que la desesperación del personal se podía palpar al día siguiente en todas partes.
Casi parecía un insulto sonreír al camarero que me prepara el bocadillo cada mañana.
Hasta el vecino, que ayer iba tan contento en el ascensor, con una bolsa de ganchitos, otra de patatas y una botella de Coca-cola de dos litros, como preparando un ritual, hoy andaba con la cabeza gacha y sin decir ni pío.
Como siempre tiro a la basura el suplemento de deportes, nada más comprar el periódico, no se entera uno de estas cosas pero, en la tele, ocupan casi todo el telediario, así que es imposible no salpicarse con algo relacionado con el esférico. (Siempre he deseado poder llamar esférico a un balón)
Hacían los presentadores balance de la pérdida. Luego sacaban a un enviado especial a Mauritania donde unos simpáticos negritos, todos admiradores del equipo, se apelotonaban ante una televisión minúscula para ver a sus ídolos.
Y a uno le parecía un poco el Nodo mostrando a aquellos simpáticos aborígenes adictos al régimen, a la vez que pensaba lo que habría costado enviar a un equipo de televisión a buscar semejante noticia por los confines del mundo. Pero ese es otro tema.
El reportaje mostraba también el antes y después de los aficionados que se habían desplazado al extranjero para ver, en vivo y en directo, el desafío balompédico (con el esférico).
En el antes, uno no apreciaba diferencias con los de fuera que vienen aquí. Eso sí, no salían meándose por las calles ni vomitándose por las esquinas. No se sabe si porque no lo hacen o porque no los filmaron en ese momento, digo yo que para luego no ponernos en un conflicto internacional cuando se pidan desde aquí explicaciones a los de allá.
En el después, salían todos cabizbajos, volviendo en vuelos nocturnos, pidiendo dimisiones del equipo directivo y aprovechando esos cinco minutos de gloria a los que todo ser humano tiene derecho.
Y pensaba uno que todo esto le quedaba lejísimos.
Pero claro, es un problema enteramente de uno. Ese no conectar con el deporte y sus derivados le hacen estar un poquito más solo en el (esférico) mundo.
Sentía uno cierta envidia de la pasión de un señor de Madrid que apoyaba al Barcelona, que salía en otro programa, siendo humillado constantemente por sus compañeros de trabajo, a los que aguantaba con una encomiable dignidad propia de un resistente; de una anciana que regaba el campo del Cádiz con agua bendita, cada domingo, cuando salían los jugadores o de un pequeño equipo local, que pedían al alcalde de su localidad un campo de césped para no dejarse las rodillas llenas de postillas en cada encuentro.
Digo que me daba cierta envidia por el sentimiento y la dedicación que le ponían todos ellos. Le quedaba a uno la sensación de estar perdiéndose algo. Pero es inútil.
Lo único que me gusta es ver el vacío de las calles cuando hay una competición deportiva. Entonces salgo a pasear, a mirar discos o a comprarme unos pantalones.
Que ruede el esférico, pues.
martes 13 de mayo de 2008
Astenia
Que ha llegado la primavera no es ningún secreto para nadie. Yo, que no hago caso del calendario salvo para las cosas imprescindibles, lo noto, simplemente.
En un artículo, leía la otra tarde, cómo nos afectaban los cambios horarios, la conveniencia de nuestra dieta, la necesidad del sueño y tantas otras cosas que, si uno quisiera cumplir a rajatabla no podría hacer nada más en la vida que mirarse el ombligo.
Y a mi, simplemente, me han empezado a picar los ojos. Después vienen los estornudos y, si hay suerte no pasa de ahí. Sino, lo que ocurre es que me cuesta respirar y ando todo el día como acatarrado en esa nebulosa que se llama alergia.
De eso nada decía el artículo. Cuando acabé de leerlo –sin saber por qué pierde uno el tiempo leyendo esas cosas – me deprimí un poco. Debemos estar todos muy mal, muriéndonos cada día un poquito entre tantas cosas que no hacemos para conservar la salud.
Entre el cambio climático, el humo de los coches y la escasez de agua en los embalses, prefiere uno no pensar y concentrarse en sus estornudos. Por lo menos llueve, eso sí...
viernes 9 de mayo de 2008
Una llamada extraña
-¿Gabriel?
-Sí, soy yo, ¿quién eres?
-Mira, me llamo X., me ha pasado tu teléfono D. del Taller de Músicos.
Empecé a buscar en los archivos de la memoria para recordar al tal D., porque no me sonaba de nada. Además nunca he estado en el Taller de Música.
-Pues no sé quién es D.
-Bueno, es igual. Alguien me ha pasado tu teléfono porque tienes un estudio y yo necesito grabar una maqueta ya, me corre mucha prisa. Quería saber cuánto cobras por hora o por día, no sé...
Le parecía a uno una invasión a su intimidad. Precisamente cuando monté el estudio me prometí a mi mismo no meterme en la rueda de gente extraña entrando y saliendo de mi casa. Sólo lo hice para grabar mis cosas y a algún amigo al que, por supuesto, nunca le cobro nada.
-Mira, -le dije- no sé quién eres, ni lo que te habrán dicho, pero es que mi estudio no está en alquiler. Quiero decir, que no hago este tipo de trabajos. Pero te puedo recomendar a alguien, un estudio profesional, quiero decir.
-Ya, pero eso será muy caro ¿no?
Así que lo que quería no era sólo un estudio para mañana mismo, sino un estudio tirado de precio. Yo no soy productor, ni ingeniero de sonido. Ejercer ese papel me parece la más vil de las intrusiones y jamás lo he hecho.
-Lo siento -le contesté- lo mejor es que te busques a otro.
Pero, por alguna extraña razón, acabé la frase diciéndole que si no encontraba nada que me volviera a llamar, que ya lo arreglaríamos, como si le diera a uno pena de aquel tipo al que no conocía de nada y que parecía que su vida dependiera de plasmar cuatro acordes y una melodía en un CD.
Quizá es que se veía uno a sí mismo hace unos cuantos años, buscando a alguien que le echara una mano. A lo mejor es este tipo el próximo Calamaro y, por mi culpa, su carrera nunca despegará.
Y así colgamos. Yo había quedado para cenar y se me olvidó pronto aquella conversación de dos minutos. Pero hoy he vuelto a pensar en ello. Espero que no llame, porque no me apetece nada hacerlo.
jueves 8 de mayo de 2008
Estamos solos
Siempre Vasco… Un enorme artista. Legendario.
En Italia despierta pasiones, mucho más que Ligabue, del que ya he hablado muchas veces.
Vasco Rossi es un icono, un ídolo para todos los jóvenes que se ven reflejados en sus textos, directos, sensibles, que se visten de baladas o del rock más duro, aunque ande ya por los cincuenta.
Las canciones de Vasco pueden sacarte de un bache. A mi me han dejado, muchas veces, sentado en el sillón, dejándome llevar, simplemente, porque no había otra cosa que pudiera hacer.
Cuando alguien me dijo “el tiempo dirá”, esa frase tan usual cuando no se quiere decir más que adiós, pues Vasco cantaba este “estamos solos”. Y uno sentía entonces que alguien comprendía esos sentimientos de soledad y amor, elementos universales para construir las canciones.
Citar discos de Vasco Rossi es inútil, porque tendría que recomendarlos todos. Sus conciertos, en estadios abarrotados, son celebrados como un acontecimiento (hoy leo en su web que están agotados dos estadios de San Siro para la presentación de su último disco que acaba de salir), así que lo mejor es poner una vez más sus discos...
La canción “Siamo soli” está incluida en el disco “Stupido Hotel” de 2001
miércoles 7 de mayo de 2008
Aviones a reacción
Observar las cosas que hace el vecino con la curiosidad del jubilado que mira las obras, intentar descubrir dónde están haciendo los nidos los pájaros nerviosos que van de un lado para otro, o ponerse a mover cosas creyendo que las está ordenando. En eso iba ocupando el tiempo.
Me senté al sol, con la mirada escrutando alguna nube a la que buscarle el parecido, cuando empezaron a pasar aviones. Ésos que dejan un rastro blanco, casi angélico que, en realidad, debe suponer un poderoso contaminante para todo ser vivo.
Pero era un cuadro hermoso después de todo. Como siempre llevo la cámara a mano, como el explorador la cantimplora, inmortalicé el momento. Parecía que estaban a punto de chocar dos de ellos, pero era un efecto óptico. Seguramente los separaban unos cuantos kilómetros de altitud.
Ya ni siquiera contaba uno los minutos. Me puse un libro entre las manos, pero era como si hiciera una especie de ejercicio gimnástico pasando las hojas sin leer nada.
Se levantó una brisa un tanto fresca, que no fría, y opte por entrar en casa y sentarme con la libreta a contarle esto, que hay días en los que uno no sabe cómo apurar las horas y otros que van a reacción.
martes 6 de mayo de 2008
Siguen vivos
Me escribe una chica muy enfadada. Me dice que incluir el libro “Viven”, en el que se narra la historia de los supervivientes de aquel trágico accidente de aviación en los Andes, que tuvieron que comerse a sus compañeros fallecidos, en una selección de libros freaks le parece una aberración.
Aparte de ponerme de vuelta y media, está muy ofendida. Me sugiere que me dedique a otra cosa, que no tengo ni idea de libros y que escribir no es lo mío.
Es un mail entrañable, lleno de faltas de ortografía y de expresiones irreproducibles aquí. Me dice que ella también escribe y que es lamentable que algunos como yo tengamos “ciertas oportunidades”.
Y es una pena que siga su texto por ahí, suponiendo ella que uno ha tenido facilidades para publicar, entre otras cosas porque no sé que cosas de uno habrá visto publicadas, pero con lo bien que iba con la colección de insultos, lo estropea todo al final elucubrando sobre la vida de uno.
Indudablemente duele que pasen estas cosas. También es motivo de alegría, claro, porque anima a seguir escribiendo, aunque sólo sea este blog que leen cuatro fieles, y no esos gruesos volúmenes que esta pobre infeliz se imagina que uno escribe y por los que le caen generosos emolumentos.
Lo que sí hice fue repasar mi colección de libros sobre la tragedia de los Andes, uno de los temas que me ha cautivado desde hace años. Varias ediciones. Con fotos, sin fotos, de bolsillo, en tapa dura...
Después me comí un bistec, pero que nadie lo tome a mal, por favor.
lunes 5 de mayo de 2008
Entre libros
Muchas tardes, cuando la nube gris se espesa en el final del día, se pierde uno por su librería favorita del barrio de Gracia. Tener ese pequeño reducto para uno mismo, rodeado de libros, de primera, de segunda mano, de oferta, nuevos, viejos... es como detener el tiempo.
Algunas veces voy en busca de algo concreto, pero otras, las más, simplemente a pasear los ojos por sus estanterías, a dejar que un título me llame la atención.
En ocasiones se acierta, y se descubren libros que cambian la vida de uno durante un tiempo. Otras, ni siquiera logro pasar de la mitad de unas páginas que pesan como ladrillos.
Maldice entonces uno su mala suerte, pero siempre vuelve en busca de un dulce que le quite el mal sabor de boca.
Y en esas andaba cuando entraron en la librería dos tipos hablando muy alto, de cosas que no llegué a entender porque estaba perdido en unos versos de Pedro Salinas, pero que me resultaban especialmente molestos.
Se reían muy fuerte, haciendo mucho ruido, como hacen los chulos de playa cuando quieren llamar la atención de las féminas que toman el sol en las inmediaciones de su perímetro de visión. A uno de ellos le sonó el móvil con una melodía de moda y, entonces, a la algarabía vocal le seguía una sucesión de aspavientos que se extendían por toda la tienda.
Me entraron de repente unas ganas irrefrenables de utilizar la violencia. Si uno fuera valiente, si consiguiera sacar ese John Wayne que todos llevamos en alguna parte, pondría a estos dos sujetos en su sitio, pensaba.
Pero, de pronto, fue mi móvil el que empezó a sonar. Tuve que contestar la llamada, aunque fuera simplemente por las pocas veces que suena el teléfono y, de pronto, vi que una mujer me miraba desde el otro lado de la estantería. Tenía la misma cara de desaprobación que había puesto yo hacía unos instantes.
Me embargó una vergüenza inmensa, una tristeza muy profunda, un desprecio por mis propios actos que no conocía. Así que salí apresuradamente ante la sorpresa del dueño, acostumbrado a despedirme siempre a la vez que me devuelve la tarjeta de crédito.
Seguí caminando hasta que me di cuenta de que no llevaba ninguna bolsa cargada de libros, tan sólo mi propia desolación.
Cuando llegué a casa me dejé llevar por una antología de Bukowski, no se me ocurría nada que encajara más conmigo en ese momento. El bueno de Hank, siempre un paso por delante... de la nube gris.
miércoles 30 de abril de 2008
Canción nocturna
Amenazaba el día con ser uno de esos corrientes, molientes, mundanos, insulsos. Ni siquiera tenía uno ganas de ponerse a hacer nada de lo que tiene que hacer cada día. Precisamente por eso, por que ya lo hace cada día, podía esperar hasta mañana.
Ya por la noche, tomé acomodo en el sillón, con la tele puesta, con un bocadillo de queso y la servilleta a modo de babero para no dejar el sofá hecho unos zorros.
Con el postre me vino a las manos la guitarra como tantas veces. Sólo para hacer dedos, para no perder la costumbre. Y así, como quien no quiere la cosa, sin pensar, aparecieron cuatro acordes que sonaban distintos a cómo los toca uno cada vez que pone las manos sobre el mástil.
Rebusqué entonces, en la libreta de las canciones, algunos versos que llevarme a la boca. Y aparecieron dos o tres rimas que parecían decir alguna cosa.
Bolígrafo en mano empecé a darle forma, a acordarme de cosas, de besos, de labios, de ausencias, de soledades, de preguntas. Y sin embargo no sonaba tan triste como otras veces.
Pasaban ya las agujas del reloj de la una de la madrugada, y agradecía uno no tener vecinos que imploraran silencio para sus días laborales.
Me di cuenta de que tenía una canción, así, de improviso, en un día cualquiera, en una noche sin luna, sin más estrella que un motivo por el que escribir.
Esto es así, me dije. Mañana será otro día, corriente, moliente, mundano, insulso... o tal vez no.



